La arquitectura en Venezuela. Parte I

“La arquitectura indica la situación económica, social y política de un territorio o mejor dicho de un país, en un espacio de tiempo determinado”, así nos relata el Arq. Leopoldo Andrade, profesional de gran experiencia y criterio formado en el Alma Mater, la UCV, símbolo inequivoco además de icono, como lo es la ciudad universitaria, pero también, en el día a día, tal vez sin darnos cuenta, nos tropezamos con emblemáticas estructuras de concreto como la torre “La Previsora”, que está formada por sutiles curvas, imperceptibles para el ojo no experto, pero que lleva condiciones de estética y diseño e ingeniería, necesarias, agrega Arq. Yuraida Cedeño, profesionales formados para combinar funcionalidad con elegancia, pero no siempre fué así.

Los tipos y las técnicas de arquitectura traídos por los españoles, al unirse con los indígenas conformaron lo que se conoce como arquitectura colonial. Aldea campesina en la región Guayana, estado Bolívar. Colección de Luis Guillermo Marcano.

Para entender la arquitectura venezolana es fundamental remontarse al período prehispánico en función de la modificación del paisaje que hicieron las diferentes etnias indígenas ubicadas en distintas zonas geográficas de lo que hoy conforma el territorio nacional, en la necesidad de adaptarlo, en la mayoría de los casos, a sus necesidades de vivienda y, en algunos otros, a importantes obras de infraestructura construidas como apoyo a la producción agrícola. La llegada de los españoles insertó nuevas técnicas y tipologías arquitectónicas que unidas a la centenaria experiencia existente conformaron lo que conocemos como arquitectura colonial, la cual convivirá paralelamente incluso hasta hoy con la herencia prehispánica, fundamentalmente en las áreas rurales. Al no existir la minería que requerían los españoles en el territorio conocido hasta el momento —como fue el caso en otros ámbitos de las áreas nucleares americanas—, Venezuela fue incorporada en los inicios del siglo XVIII a la explotación territorial española fundamentada en el café, el cacao y la caña de azúcar bajo el control de la Compañía Guipuzcoana, la cual creó una nueva condición económica de dependencia de la metrópoli europea, cercenando así la libertad comercial tradicional desarrollada por los criollos, lo que repercutiría notablemente en los evidentes y sustanciales cambios de la arquitectura civil, militar y religiosa presente en puertos y ciudades, que reforzarían una ocupación territorial fundamentalmente urbana.

Los tipos y las técnicas de arquitectura traídos por los españoles, al unirse con los indígenas conformaron lo que se conoce como arquitectura colonial. Aldea campesina en la región Guayana, estado Bolívar.     Colección de Luis Guillermo Marcano.

Los movimientos independentistas unidos a los continuos terremotos mermaron la población y retuvieron los procesos constructivos, lo que resultó en un panorama desolado a partir de 1812, tal como lo describieron Núñez de Cáceres, el diplomático inglés sir Robert Ker Porter, el consejero Lisboa, o lo dibujaron los artistas Camille Pissarro, Ferdinand Bellermann, Frederick Siegfried Georg Melbye, Anton Goering, entre otros. La anarquía política debida a las continuas guerras de federación y al caudillismo ocasionó un lento crecimiento de las obras arquitectónicas y de infraestructura y no sería sino hasta el predominio dictatorial del autócrata Antonio Guzmán Blanco, quien gobernó el país directa o indirectamente entre 1870 y 1888, cuando se iniciaría un proceso de reconstrucción de las ciudades y un notorio crecimiento permitido por nuevas obras de infraestructura vial, en algunos casos a costa del sacrificio de buena parte de la arquitectura colonial que daría paso a una arquitectura republicana, algunas muestras de la cual aún se hallan presentes como importante patrimonio edificado. La aparición y consecuente explotación petrolera a partir de los años veinte permitió que se intensificara la producción arquitectónica y con ella durante la década de los treinta la incorporación del movimiento moderno, representado en las obras de destacados arquitectos formados en Europa. Se conformaron las escuelas de arquitectura que tendrían a su cargo la formación en el país de los nuevos profesionales que a partir de los años cincuenta acompañarían progresivamente un desarrollo arquitectónico que aceptó su papel contemporáneo a costa de la destrucción del importante legado arquitectónico anterior. Surgió como consecuencia, sobre todo en las grandes capitales, una imagen de aparente anarquía que no fue más que la transición de una pujante sociedad —continuamente en proceso de cambio— que quería incorporar los últimos adelantos de la tecnología ante la exigencia de una búsqueda incesante de ser actual. De esta manera, en el siglo XXI permanecen algunas antiguas obras patrimoniales conviviendo con los numerosos aportes modernos en espera del respeto y la armonía exigidos al enriquecido e importante elenco contemporáneo. Dentro de este contexto y reconociendo los nuevos valores presentes en la síntesis de las artes y la arquitectura, la UNESCO declaró patrimonio mundial la Ciudad Universitaria de Caracas, proyectada por el maestro Carlos Raúl Villanueva a partir de los años cuarenta.

En Venezuela algunas antiguas obras patrimoniales conviven con numerosos aportes modernos. Palacio Federal Legislativo.    Biblioteca Nacional de Venezuela.

En Venezuela algunas antiguas obras patrimoniales conviven con numerosos aportes modernos. Palacio Federal Legislativo. Biblioteca Nacional de Venezuela.

En cuanto a la formación académica de los profesionales de la arquitectura, hasta principios del siglo XIX las obras en general estuvieron en manos de alarifes, maestros de obra, albañiles y muy de vez en cuando, de ingenieros formados en las academias militares españolas y eventualmente italianas, que como Juan Bautista Antonelli, Miguel Roncali, Casimiro Izaba y Francisco Jacot actuaban vinculados a las grandes obras de defensa costera y portuaria. Con respecto a la formación académica nacional, por iniciativa personal del oficial del ejército español Nicolás de Castro se creó en 1760 la primera escuela de ingeniería, que tuvo poca repercusión en el medio, tomando en cuenta que se encontraba ligada a los estudios matemáticos, que no tenían tradición en el país. A partir de la reestructuración en 1826 de la enseñanza superior, promovida por el gobierno de la Gran Colombia, la Real y Pontificia Universidad de Caracas, fundada por el rey Felipe V el 22 de diciembre de 1721, pasó a llamarse Universidad Central de Venezuela, quedando luego reorganizada de acuerdo con el nuevo sistema republicano. En ella se instauró definitivamente la cátedra de matemáticas mediante decreto del 24 de junio de 1827, promulgado por El Libertador Simón Bolívar con la asesoría del médico José María Vargas y el letrado José Rafael Revenga, ambos egresados de la misma universidad. La gran dificultad que significaba el traslado a Caracas ocasionó que en otras regiones se promoviera la fundación de instituciones superiores para cubrir la demanda local ante las exigencias de la nueva república; fue así como por decisión de la Junta Patriótica de Mérida el 21 de septiembre de 1810 se elevó al rango de Real Universidad de Buenaventura de Mérida de los Caballeros, luego Universidad de los Andes, el antiguo seminario de San Buenaventura que había sido fundado por el obispo fray Juan Ramos de Lora el 29 de marzo de 1785 y prestaba servicios a las regiones más apartadas de Barinas, San Cristóbal, Coro, Trujillo y Maracaibo, donde se instaló entre otras la cátedra de matemáticas.

Por la evidente necesidad de formar profesionales que pudieran intervenir el territorio para hacerlo habitable, supliendo el vacío dejado por la Colonia y siguiendo los patrones del sistema español de ingenieros organizados en un cuerpo militar, el 28 de octubre de 1831 se decretó la fundación de la Academia de Matemáticas de Caracas, adscrita al Ministerio de Guerra y Marina, bajo la dirección de Juan Manuel Cajigal, ingeniero y matemático venezolano formado en España y Francia. No estando aún definida la arquitectura como profesión, en la academia se incluían asignaturas complementarias tales como dibujo lineal y artístico, levantamiento de planos, además de conocimientos en construcciones civiles, dirigidos a la formación de ingenieros civiles que podían dedicarse también a proyectar edificios. Los cada vez más numerosos egresados de estas escuelas, ingenieros de la talla de Olegario Meneses, Julián Churión, Luciano Urdaneta y Jesús Muñoz Tébar, entre otros, tendrían una destacada actuación que luego compartirían con los primeros arquitectos que como Hurtado Manrique o Antonio Malaussena venían formados de Europa a finales del siglo XIX.

Falta aún entender muchas aspectos importantes, de tan vital profesión para el desarrollo humano y tolerable de nuestros espacios y paisajes, sabremos cuando se crea la primera escuela de arquitectura y como fueron integrando a los arquitectos formados en el exterior y que a su vez dejaron legado en nuestro país. Estos y otros detalles serán expuestos más adelante en este espacio con sucesivas entregas.

Periodista/redactor: Francisco Albornoz, Iconos de Venezuela

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