FAMOLOGÍA

Reuben Morales

Rodando por mi ciudad, me topé con unas vallas que forman parte de una campaña publicitaria cuyo concepto es el siguiente: aparece una persona muy famosa y, frente a ésta, un texto alusivo a la profesión que alguna vez tuvo antes de ser famoso. Por un lado entiendo el espíritu de superación personal que desea transmitir la pieza al público: “Si tienes un sueño, persíguelo y no te conformes con lo que eres”. Realmente bonito e inspirador. Pero por otro, la campaña termina formando parte de este culto moderno al hecho de ser famoso perse. Es que la fama se ha convertido en una profesión, más que en la consecuencia de que alguien realice bien su trabajo. Si no, que me refuten las Kardashians.

En una de las piezas de la campaña en cuestión, sale un famoso actor y, frente a él, este texto: “TRADUCTOR”. Sí, está bien, admiro que el actor haya podido sobreponerse a ese oficio –que seguramente era lo único que le daba de comer en esos días- para lograr la meta que se trazó en su vida; pero, por el otro lado, ¿acaso ser traductor es algo malo? ¿Ser traductor es un oficio repugnante, denigrante e indigno? ¿Haber salido del mundo de la traducción es igual a haber roto las cadenas que le oprimían a un infierno en vida para finalmente alcanzar la felicidad eterna que brinda la fama? Analizando esto, pienso en la mamá de un gran amigo cuya profesión es la de traductora. Me pregunto si ella, viendo la valla se dirá: “Vaya… fracasé en mi vida. A punta de lo que disfruto hacer, logré mi mayor obra: levantar una familia, darles educación, viajar con ellos y disfrutar de verlos crecer; pero ya veo que me equivoqué. Soy traductora. ¿Con qué cara le llego a mi familia ahora? ¿Qué profesión coloco cuando me toque llenar un formulario? Me hubiese ‘diosacanalizado’ y por lo menos me ganaba una famita de algo”.

Sé que la discusión está al borde de caer en un campo izquierdoso de la demonización de la industria privada, pero quiero desligarla delicadamente de allí para enfocarla más en el tema de la vocación. Cuando alguien en su vida finalmente encuentra que la pasión que le da energía a su alma es la carpintería, por ejemplo, ¿resulta que eligió mal? ¿Que su vida va por mal camino porque ¡ups!… escogió una profesión no apta para la fama? A mi juicio, no.

Es que el tema de la fama es engañoso. ¿La fama como fin o como medio? ¿Se busca vivir para los demás o para el goce personal que nos brinda el cultivar una vocación? Siento que la mejor fama es la que se gana alguien por hacer bien su oficio (que es el caso del actor de esta valla, por cierto). Una maestra que enseña bien, un plomero que repara bien, un mesonero que se esmera en atender bien, un chofer que se preocupa por sus pasajeros, un médico que busca dar mejor salud y ni hablar de los políticos. Es la fama que llamo “fama de actor de circo”. Uno sale de un circo y ni se acuerda de los nombres de sus actores, pero sabe que son excelentes en lo que hacen.

En el mundo hay paseos de la fama que, redundantemente, son famosos. Están el Paseo de la Fama de Hollywood o la Avenida de las Estrellas, en Hong Kong. He tenido la fortuna de ver ambos y otro más, que siempre llevo en mis recuerdos con cariño: el de la Plaza del Parque en Ibiza, España. Un paseo de la fama en el que están grabadas en el piso las palmas y los nombres, pero no de actores, sino de plomeros, maestros, barrenderos y médicos que gracias a ejercer bien su oficio dentro de la isla… se hicieron famosos.

Reuben Morales
www.ReubenMorales.com

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