El Dr. José Gregorio Hernández Ícono de Venezuela

En este, el primero de una serie de artículos dedicados a conocer mejor la vida y obra del Dr. José Gregorio Hernández, pretendemos dar una visión de las principales virtudes que lo transformaron en  Icono indiscutible de nuestra  Venezolanidad.

Son muchas las Biografías escritas, gracias a Dios, sobre la vida de nuestro querido Dr. José Gregorio Hernández. Sin embargo como llevado por una mano invisible, abrí la escrita por el Dr. Miguel Yaber y en la página 167 de la cuarta edición,  encontré las palabras dichas por el Dr. Carlos R. travieso, individuo de número de la Academia Nacional de Medicina, quien  en acto celebrado en el Palacio de las Academias, expresó lo siguiente:

“… Supo ser a la vez, sin dejar de ser él mismo, científico connotado;  profesor erudito ; médico eminente y sapientísimo ; investigador infatigable; filósofo profundo ; artista de refinada sensibilidad ; ciudadano intachable , y , sobre todo hombre de envidiables cualidades y excelsas virtudes; ya para esa época , según el maestro Rísquez, era un sabio casi niño. Su aspecto era severo, aunque de trato un tanto afable con nosotros. Victima del reloj, era puntual hasta la exactitud. Llegaba a las dos en punto a la antigua Escuela de Medicina, de Pirineos a Brisas, detrás del  Hospital Vargas. En la cátedra, su palabra era fácil y amena su exposición. Manejaba la ironía con Volteriana mordacidad. Infundía respeto; pero, al  propio tiempo, su personalidad poseía cierta atracción que le granjearon el aprecio de sus colegas, el respeto de sus discípulos y la gratitud de sus pacientes.”

Esta breve semblanza, en pocas palabras dice mucho de lo que queremos transmitir  en nuestros próximos artículos, de donde esperamos extraer enseñanzas y herramientas de crecimiento espiritual, personal y comunitario, que nos legara el Dr. José Gregorio Hernández, con sus palabras, escritos y acciones. Destacamos el hecho de que si solo nos enfocamos en su actividad como profesional de la medicina tendríamos ante nosotros a uno de los médicos más sabios de nuestra historia, si por el contrario nos enfocamos en su vida espiritual, también nos encontramos con un personaje único, si lo vemos desde el punto de vista humano, es un ser extraordinario; como docente, es descrito por sus Biógrafos y Biógrafas, como excelente y qué decir de su actividad en el campo de la investigación científica, digna de un sabio, por lo que pensamos es un ejemplo a seguir por todos los Venezolanos y Venezolanas, en especial los profesionales de la salud.

En otra semblanza, tomada de los escritos de la Socióloga e investigadora María Matilde Suárez (Biblioteca Biográfica Venezolana del Nacional, pagina 9, “Él era así” ) nos revela la siguiente semblanza:  “En su juventud, José Gregorio Hernández era estudioso, de gustos refinados, de humor jovial y afable, tenía un carácter alegre y dulce; era gentil,servicial,abnegado,compasivo,generoso,caritativo,respetuoso,disciplinado,sencillo,             obediente, de juicio sereno, buen bailarín y le encantaba tocar el piano, el armonio y el violín.

En otro párrafo leemos “Predispuesto a hacer el bien, era magnánimo y abnegado”.

“Cristiano de fe ejemplar y médico filántropo. Fue un contemplativo de juicio sereno, lejano a la confrontación y la polémica. Puso en práctica una ecuanimidad imperturbable. Era simpático y de distinguido talante, tenía un altísimo concepto de la vida, hablaba sólo lo indispensable, buscaba siempre la perfección practicando el bien y evitando el pecado; era piadoso, asceta y místico de inalterable espiritualidad. Además era intuitivo, perspicaz, reflexivo, compasivo, condescendiente, modesto, escéptico, amable, sensible, de voz suave, pero también exigente y riguroso, serio y reservado, bien informado, sumamente estable y metódico.

Él siempre imitó las grandes virtudes de los Santos, las virtudes Teologales (fe, esperanza y caridad).  Guías del Camino elegido por “el médico de los pobres” y que reconocemos desde este humilde espacio como virtudes a seguir por todos los que queremos ser mejores personas, condición sine qua non para el logro de la felicidad en esta vida y preparación para la vida eterna,  la definitiva , la última frontera.

Nosotros empero que somos hijos del día o de la luz de la fe, vivamos en sobriedad, vestidos de la cota de la fe y la caridad, teniendo por yelmo la esperanza en la vida eterna” (capitulo V, versículo 8, de la carta del Apóstol San Pablo a los tesalonicenses).

Dr. Alberto Herrera Gil

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