Día del artista plástico en honor a Reverón

Inconfundible, indeleble, el maestro Armando Reverón, captaba esa luz casi enceguecedora para transmitirla a través de la magia del pincel, emblemático para la pintura universal, cada 10 de mayo el universo de la plástica nacional rinde honor a su nombre y celebra con alegría el Día Nacional del Artista Plástico.

Nace en Caracas el 10 de mayo de 1889, vino al mundo este creador que marcó un hito en la pintura. Paradigma del color y la luz, estudió en la Academia de Bellas Artes de Caracas, Venezuela, posteriormente traspasó fronteras académicas formándose igualmente en España y Francia. Al regresar a su país natal en 1921, se radicó en Macuto, estado Vargas, donde desarrolló gran parte de su obra.

Los destellos lumínicos propios del trópico y la manera en que impactan en las formas así como las texturas y la gama cromática están presentes en su arte en la que empleó diversos materiales. Según Alfredo Boulton (1908−1995), memorable historiador en el área, en el libro titulado “La obra de Reverón” dice que el hecho artístico de este maestro transitó por tres periodos conocidos como: azul, blanco y sepia.

En ese sentido, aproximadamente entre 1918 y 1920, Reverón trabajó insistentemente el color azul en las más variadas tonalidades. Acentuando los aspectos nocturnos y oscuros del paisaje, el desnudo y el retrato utilizando los azules profundos, observando la luz a medida que ésta se mezcla con la atmósfera del paisaje marino del trópico. Al Período azul pertenecen obras como La Cueva Juanita, y El bosque de la Manguita entre otras.

Fiesta en Caraballeda, 1924, marca el paso al período blanco que se extiende hasta 1934. En esta etapa prevalece el color blanco que utiliza en composiciones de corte abstracto. Utiliza como soporte tela de coleto, también incorpora a la obra elementos concoides, rocas, cocoteros, como referencias estructurales y figurativas en una atmósfera casi abstracta.

Por su parte, en el periodo sepia que tiene su simiente aproximadamente en 1934 se encuentran pinturas de gran formato, por ejemplo La maja criolla −1939−. Su producción se torna dramática con acentos expresionistas. Sustituye sus modelos, salvo Juanita, por muñecas de trapo fabricadas por él mismo. Excepto el paréntesis de 1940−1945 en el que pinta paisajes portuarios con la frescura de los primeros años (El puerto de La Guaira, 1941), su obra es cada vez más introvertida y simbólica, al igual que su vida, cada vez más solitaria y ajena a la realidad. Aproximadamente en 1949−1950 se centra en la técnica del dibujo.

Fuente: Entorno inteligente

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Periodista/redactor: Francisco Albornoz, Iconos de Venezuela

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